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miércoles, 29 de abril de 2026

Recordando a Oscar Mas

Oscar Mas a los 33 años debutó en Defensores.
Por la fecha 1 de la Primera B de 1980:
Defensores 2 - Deportivo Español 1. 

 Cuando lo conocí, hace 20 años, estaba en una esquina allá por el pueblo de San Martín. Un mediodía de mayo, tibio. En la expresión, todavía descaradamente candorosa, estaban los 17 años. Me confesó que era la primera nota, la primera vez que se enfrentaba a un periodista y un fotógrafo, así, con esa expresa exclusividad. Me confesó que vivía por allí cerca, que la madre estaba muy enferma y, por eso, no podíamos charlar en la casa. Entonces, comenzamos a andar, ya metidos los dos en ese juego del reportaje, en mi primer pregunta vaga que procura establecer la familiaridad. El Pinino, con las dos manos metidas en la cintura del pantalón, intenta ahuyentar su embarazo pateando distraídamente todas las piedritas que encontraba al paso... Tiempos del sesenta y cuatro, avalancha “beatle” en el mundo, en la pinta del Pinino ya influido por vestimenta irreverente y el pelo a lo John Lennon. ¿Qué era el Pinino, entonces? El pibe del barrio, el hijo de todos, menos de la propietaria de la casa lindera, que me reprochó, con una irritación descontrolada, que cómo era posible que el periodismo se fijase en ese atorrante que le destrozaba el jardín con la pelota y no en el hijo de ella que, a pesar de su título de contador público, era un ilustre desconocido y apenas si ganaba un mísero salario... Recuerdo que el Pinino, apoyado displicentemente contra la cerca del disgusto, se sonreía con malicia de los reproches de la vecina. ¡Veinte años de aquella escena, de aquel mediodía de mayo, apenas dos semanas después de la aparición del Pinino Mas en la historia del fútbol argentino...! Tal vez la vecina, en su burguesa y particular manera de administrar la vida, no reparaba que nadie pagaría entrada ni siquiera se asomaría para ver a su hijo en la confección de un árido estado de ganancias y pérdidas o de una declaración patrimonial, aunque fuese del mismísimo Martínez de Hoz... A la buena señora le costaba entender que ese chiquilín que vivía al lado de su casa era ya el pequeño protagonista de un gran espectáculo popular que convocaba multitudes, que preocupaba a los gobernantes, que movía millones de dólares, que monopolizaba las páginas de los diarios, de las revistas, la radio, la televisión, que hasta podía fortalecer dictaduras.

Ahora, a 20 años de aquel tibio mediodía de mayo, paso revista a mi archivo privado, al mío, al de mis evocaciones, de mis recuerdos, de mis conclusiones, de mis emociones... y, entonces, admito que Pinino Mas ya está registrado en la gran historia del fútbol nuestro. Porque no fue solamente el jugador propietario de todos los rótulos más estridentes referidos al goleador, al ganador, al pique, al disparo, a la potencia... Oscar Mas fue lo que desde hace tiempo se ha dado en llamar un showman, un hombre del espectáculo. Nació con la alegría del fútbol, con la vocación natural del actor, de ese mago de las ferias ambulantes, de ese prestidigitador que suele jugar con el asombro de la platea... El Pinino nunca pudo encuadrarse en la cárcel de las instrucciones, de los planes, de los esquemas... Apenas si conoció la única jaula de la raya; apenas si padeció las reglamentadas limitaciones que establece esa inmutable raya blanca que clausura el lateral, esa marca con más rigidez que el mejor de los marcadores. Pero, con su pique demoledor, con su esencia pájara agreste, con ese inconfundible recurso de tirar la pelota hacia adelante y apretar el acelerador, ya inauguraba la Fiesta de Pinino, la fiesta de todos, invitaba a la tribuna a participar de su alegría, la convocaba a acompañarlo en el pique, a seguir junto a él en su vértigo, gozando de la angustiosa incertidumbre del epílogo siempre imprevisible, pero fatalmente inexorable... Ese final de la zurda que, en plena carrera, sacude despavoridamente los palos, un arquero atónito se resigna a admitir la victoria de las bisectrices, de los apotemas, de los ángulos frente a ese talentoso y ocurriente amante del instinto que se burla de la ortodoxia de los clásicos y de los modernos...

Así jugó el Pinino, así vivió. Siempre chiquilín, siempre informal, tal vez despreocupadamente irresponsable para los sensatos. Para mí, siempre inseguro, incapaz de elaborar intrigas, desamparado para los más pícaros, para los más “intelectuales”. Ema, la novia de Barracas que un domingo se encontró en la platea de River, fue decisiva en su vida, tal vez porque Ema pudo comprender esa esencia de chiquilín desprotegido, esa necesidad de Pinino de refugiarse en la carcajada ruidosa, en la ocurrencia que divierte a los demás; esas pintorescas pantomimas del avión, que tanto compartí, cuando el Pinino andaba a las carreras por el pasillo, con el terror reflejado en la expresión y en el gesto, ante la desesperación de las azafatas... Aquella noche que, al amparo de las sombras del Monumental —después de la derrota frente a Estudiantes por la Libertadores— buscaba mi solidaridad frente a las acusaciones, a los reproches, a los silbidos, a las amenazas, a los insultos... Cuando lo encontré en Madrid, ya jugador del Real y preferido de la gente, amparado en el efecto del feudalismo Don Santiago Bernabéu, náufrago de las calles madrileñas, siempre equivocado en el rumbo, compitiendo inútilmente con el alemán ininteligible de aquel Netzer de celebridad internacional.

Y allá, en los calores agobiantes de la Bahía brasileña, durante la Minicopa, viajando en esos aviones colectivos que él “paraban en todas las esquinas”, como decía el Pinino muerto de miedo. Pero supo mantenerse puro, no permitió que le violentaran el candor, que le lastimasen la ingenuidad. Tal vez no pudo o no supo “llevar” por la vida sin ofrecerle ninguna resistencia intelectual, por no discutirle ninguna de sus inapelables decisiones... ¿Para qué? Seguramente, para la desprevenida ingenuidad del Pinino, los veredictos de la Vida son incuestionables. Y así siguió de la mano con ella, como uno de sus preferidos y desamparados caminantes. Sin los refinados y ortodoxos recursos galantes del Don Juan de oficio... Por eso, cuando River decidió declararlo prescindible, no advirtió ni siquiera la cuota de crueldad que encerraba la palabra... Por eso, quiso seguir y se fue a Colombia a gritar sus goles... Regresó y quiso seguir jugando... ¿Acaso sabía hacer otra cosa? Nada más que jugar, divertir, alegrar, picar por la raya, pegarle con todas sus ganas al gol, gritar, gritar con toda la fuerza de esa carcajada final del salto... primer actor indiscutible de la fiesta, de su fiesta, de la fiesta de todos... ¿Qué importaba que la fiesta era en las canchas más anónimas de la B...? ¿Acaso la emoción no era la misma, acaso el grito de la gente, su grito, no era el mismo?

Después de tanto andar por el fútbol, supo que allá por Gerli, allá por el Sur, junto a las vías del Roca, había una canchita humilde. Es nueva, pero de un club muy antiguo, con mucha historia... como aquellos que vestían esa misma casaca a rayas blancas y negras: La Chancha Seone, y algunos otros célebres que después se cambiaron por la roja de Independiente... Y la fiesta infantil del Pinino sigue en El Porvenir, al menos por un rato más, por un poco más, hasta que la gente grite, hasta que el pibe se divierta, hasta que se divierta la gente, hasta el próximo gol, siempre lejos del último, no, hasta el último, que para el candor de Oscar La Vida sigue, sigue el gol, sigue el pique, sigue la cabriola, la carcajada, ese vicio de arrodillarse ante la tribuna para recibir el aplauso, para canjear la emoción, para que ese momento no muera nunca, para que quede prisionero de un grito, de una alegría... Como aquella del modesto Mariano Moreno (Junín) siendo otra vez verdugo de Hugo Gatti.

Hace 20 años de aquel mediodía tibio de aquel mayo, cuando lo vi por primera vez en la esquina, pibe. ¿Cuántos años, Pinino? Treinta y tantos largos, muy largos... No importa, Mono, el candor no envejece, los que se mantienen puros son siempre pibes. Son amigos de La Vida, por eso le ganan al almanaque que pretende encarcelarlo todo en la precisión matemática del Tiempo. Como el hijo de aquella señora, aquel de los estados de ganancias y pérdidas, que seguramente creía en la inviolable precisión de los números... El candor no cumple años, se conserva pibe. Por eso el Pinino sigue jugando...  

Osvaldo Ardizzone para la Voz del ascenso.

Pinino jugó 58 partidos en 2 temporadas.

LOS 40 GOLES PARA DEFE

5 goles a Español
4 goles a: 
Argentino de Quilmes
Estudiantes BA
Temperley
3 goles a Talleres RE
2 goles a:
All Boys
Almagro
Atlanta
Banfield
El Porvenir
Gimnasia LP
Nueva Chicago
Villa Dálmine
1 gol a:
Arsenal
Italiano
Los Andes
Quilmes

18 goles fueron de penal
6 de tiro libre
5 de cabeza
11 de jugada

En cada temporada alcanzó los 20 goles.
Los arquero que más lo sufrieron en su paso por Defe fueron: 
Héctor Cassé y Héctor Giorgetti con 4 goles para cada uno.


¿Hasta cuándo Oscar Mas? Seguramente hasta que te lo propongas. Hasta que quieras. Si vos le das formas al gol. Vos vas a “dictar” hasta cuándo.
Pinino y te imagino en el vestuario, previo al partido. El de hoy en “Defe”. Ayer en River. En la selección. O cualquier otro que hayan habitado, esperando. Te veo cambiándote y sentado a tu lado veo al gol, impaciente. Esperando el momento que debés salir para meterse en tu piel.
Claro, te eligió siempre a vos. Es tan sencillo el porqué. Él sabe que siempre lo vas a hacer aparecer. Lo vas a convertir en figura. Le permitirás irrumpir en cualquier ocasión. Tal vez varias veces. Y el gol no es “gil”. Elige a quien le es fiel para no separarse más.
Es inevitable después del partido acercarse a vos, y preguntarte, charlar.
Quizás porque es conocida tu sinceridad, tu don de gente. Y me acerco. Y disfruto.
—Oscar. ¿Hasta cuándo la costumbre del gol? En el partido con Nueva Chicago el gol del triunfo, con Arsenal también y excelente, aparte de los que ya estaban.
—Y, hasta que pueda o me dejen. Contra Chicago quedé solo y no tuve nada más que colocarla. ¿Pensás que fácil Oscar colocarla, claro, fácil para vos? En cambio el gol contra Arsenal fue impresionante, creo que nunca hice uno igual, porque había como treinta y cinco metros. Pero te anticipo que en ambos casos lo importante es que “Defe” ganó, y si esta gente está contenta por mí, yo también estoy contento.
—Cuando la gente grita. ¿No pensás que los que lo hacen a favor exageran y los que lo hacen en contra a veces son demasiado hirientes?
—Hace tanto que estoy en esto. ¿Pensás que puede haber algo nuevo para mí? ¿Qué puedo encontrar algo que no supiera o no haya escuchado? Lo único nuevo es cada gol que convierto. No si son exagerados o hirientes. Yo hago lo que sé. Además el fútbol es mi vida. Y el gol es la parte más emocionante del fútbol.
Coincidimos totalmente. Es lo más emocionante del juego. El fútbol logra un alto grado emotivo en el gol. Es el éxtasis. Y allí aparece “Pinino”, uno de los ilustres “culpables” de que el gol exista.
—¿Renato Cesarini no se clasificó para el Nacional pero hubiera sido lindo estar al lado de Daniel Onega. Y a Mas se le iluminaron los ojos. Se debe haber vuelto de espaldas y seguramente se vio años atrás. Onega y Mas. Cuánto fútbol. Cuántos goles. Cuántas historias. ¿Qué futuro? ¿Por qué no otra vez, eh, Oscar?
—Y, te imaginás. Lástima que no lograron, la verdad, sería lindo. Pero tanto en esto como en lo de Platense no se nada concreto. Además te aclaro que yo en Defensores estoy bien y me costaría irme.
—Tanto en el partido con Almirante Brown, como con Arsenal fallaste en la ejecución de penales; aunque luego directamente por vos, o por jugada tuya llegó el gol del triunfo. ¿Está tan bien equilibrado el gol en vos, que si se niega por un camino aparece por otro?
—Puede ser. Contra Brown pateé el penal en forma débil. En cambio contra Arsenal llegué bien parado y no hay excusas. Pero después compensé. Y eso es lo bueno, seguro que se va a presentar otra oportunidad, y hay que saber aprovecharla. Y eso me pasó, por suerte.
Y se fue rápido. Dejó una sonrisa y una disculpa. Atrás quedó el barro de la cancha de Arsenal. El cansancio y la charla deferente para con nosotros.
Se apuraba porque había salido sorteado para el control antidoping.
No caben dudas. El “Pinino” Mas puede y pudo haber existido en cualquier época. En la de antidoping y los cronómetros electrónicos. O en la de los pantalones por las rodillas y los tapones de suela.
Total él hubiera hecho goles y listo.
Oscar, mira que tenés eximios antecesores. Y seguramente otros eximios vendrán. Pero aunque por vos no haya nacido el gol, le diste mil formas. Tantos colores. Tantos gritos distintos. No lo hiciste nacer. Pero sos el gran “culpable” de que goce de muy buena salud.

1981 En la portada de la Voz del ascenso junto a Néstor Oca.

Durante los 2 años de Oscar Mas en el club tuvo de entrenador a Don Victorio Spinetto que para 1981 hizó una campaña de mitad de tabla para abajo, siendo su ausencia en la segunda ronda de aquel año la que se hizo sentir ya con más joevenes elementos a diferencia del equipo de experimentados de 1980. 

Auspicioso debút en marzo de 1980

jueves, 4 de febrero de 2016

El último gol en el Pasquale...

Por Javier Bava.


Corría el mes de mayo de 1996, Defensores de Belgrano atravesaba una crisis institucional sin precedentes, ya que existía la posibilidad de trasladar su Estadio a la localidad bonaerense de Derqui. Paralelamente, afrontaba el torneo de la Primera "B" Metropolitana, con un equipo conformado mayormente por jugadores juveniles, dirigidos por Eduardo Masotto.
El sábado 4/5/1996, tras producir 5 empates consecutivos, Defensores, ubicado en la mitad de la tabla y sin problemas de descenso, debía enfrentar en el Bajo Núñez a su similar de Talleres (situado tan sólo 3 puntos arriba en las posiciones), en lo que hasta aquí seguramente sería, el último partido que disputaría en su cancha de Av. del Libertador y Comodoro Rivadavia, donde se hallaba afincado desde 1911.



Sergio Simionato, delantero surgido de las Inferiores, al convertir el gol del empate, cuando expiraba el partido (ni siquiera hubo tiempo para reiniciar el juego), se transformaba en el héroe de esa jornada, al ser el autor del último gol en ese legendario reducto.
Recuerda Sergio claramente el momento: "Si, ese día me hicieron varias notas radiales, justamente por eso". La pregunta era "¿Qué se siente al hacer el último gol en esta cancha?". Sin duda, para él, un jugador con no más de media hora en primera división, verse acosado por varios medios periodísticos a la salida del vestuario, sería un hecho novedoso. Inclusive, recuerda Sergio que "vinieron varios hinchas con lágrimas en los ojos a abrazarme, y el Gordo Cacho me regaló una remera".
Sergio Simionato apenas había jugado tan sólo 15 minutos en primera (sumados a los 5’ del empate en cero frente a Defensores Unidos de Zárate, dos fechas atrás, también en Núñez, cuando había reemplazado a Gustavo Gueren) y según expresa,"ese día, era mi segundo partido en primera". Comenta que antes del ingreso, "vino Roberto Vega (entonces Ayudante de Campo de Massotto, y posteriormente integrante de una dupla técnica con Jorge Traverso, que tuvo un paso fugaz por Defensores en 2003/04, cuando participaba de la Primera “B” Nacional) a decirme que no hiciera más que lo que había hecho para llegar ahí, que no quisiera hacer de todo, porque ellos me tenían en cuenta por lo que yo hacía. Que no corra al pedo ..."
Antes de entrar a la cancha (el partido estaba 1 a 0 en favor de Talleres, gol marcado por Roberto Arzani, promediando el segundo tiempo), Masotto me dijo "Pibe, empatame el partido, tenés 20’, y sabemos para lo que estás".
Bueno, Sergio cumplió con el pedido del DT, ya que la segunda pelota que tocó, cuando ya expiraba el partido, fue el gol del empate, al cual describe detalladamente: "el Casco (Hugo Rodríguez), en una corajeada llegó hasta tres cuartos de cancha, y puso un pase en profundidad entre los dos centrales para Walter Chaldú, que picó el balón por sobre la salida del arquero Matías Stampone, que llegó a tocarla”. La pelota dio en el palo y quedó picando en el área. “Le pequé de volea, en forma cruzada, y convertí el gol del empate". Es de imaginar la profunda emoción de nuestro héroe, y el grito de gol que atronó en el Pasquale, del último gol en el Bajo … casi nada.
Algún trasnochado podría pensar que estarían mirando desde la “Tribuna de arriba” Gerardo Caldas, César Giulidori, Oscar Lupo, Luis Estrella, Luis Ojeda, Humberto Dauría, Héctor López, y tantos otros que supieron conmover las redes de la vieja cancha de Blandengues y el arroyo Medrano.
Para Sergio, las emociones no finalizaron con la pitada final de Gabriel Brazenas, sino que describe como inolvidable, el abrazo del Casco Rodríguez (a quien considera uncrack, tanto dentro como fuera de la cancha), en el final del partido. En el vestuario, se acercó Masotto y le dijo: "No puedo creer lo que hiciste".
Reflexiona Sergio sobre su paso por Defensores: "imaginate que yo cumplí el sueño de jugar en el club del que soy hincha, junto a uno de mis ídolos”, además de hacer un gol que, en principio podría calificarse como histórico.
Días después, en una Asamblea General, los socios de Defensores de Belgrano decidieron mayoritariamente quedarse en la “cancha de toda la vida”. Allí mismo, en los otrora anegadizos terrenos donde hace un siglo se cruzaban la calle Blandengues y el arroyo Medrano, y donde Defensores permanece como único representante futbolístico del Barrio de Núñez.
Por suerte no fue el gol de Sergio Simionato el último, sino que siguieron muchos más. No obstante, para quienes vivieron ese momento, quedará en la memoria como un instante mágico, al menos distinto, cargado de emoción.   
Sergio Simionato, que había transitado las Divisiones Inferiores del Club (fue Campeón de 7ª División en 1991, de la mano de Luis Salegas, formando parte de un equipo inolvidable), siguió una temporada màs en el Club, y luego jugó fugazmente en Sportivo Dock Sud. Con su relato lleno de emoción nos retrotrae a momentos difíciles del Club y también nos hace saber que quienes vistieron la casaca roja y negra, difícilmente lo olvidan.

Como en todos los casos, agradecemos a Sergio su devoción a nuestros colores y su recuerdo de aquellos momentos. Es bueno que sepa que Defensores no olvida a aquellos que vistieron su divisa

jueves, 19 de noviembre de 2015

Recordando a Eduardo Lagunas

Por Javier Bava



La Plaza de Honduras y Serrano (en un principio llamada Juan José Paso y actualmente Pablo Cortázar) fue el sitio de encuentro con aquel zaguero central que defendiera los colores de Defensores de Belgrano en los años 80. Ese mismo lugar donde muchos años antes, ambos jugábamos a la pelota con los amigos del Barrio, cuando por la tarde, la feria se transformaba momentáneamente en cancha de fútbol. Fue ese viejo Palermo (del cual ya queda en pie muy poco), el lugar donde nuestro entrevistado transitó, al igual que yo, sus años de juventud.
La pasión por el fútbol llevó a Eduardo Lagunas a probarse en 1979 en Defensores, donde quedó fichado para integrar la 6ª División y seguir así su carrera, jugando en el puesto de mediocampista. Según nos comenta, fue un hecho fortuito (una lesión de Pedro Barrios, durante un entrenamiento) el que lo ubicó como segundo zaguero central, puesto en el cual se destacaría en lo sucesivo. 
Poco tiempo después, casi dos años, debutó en el primer equipo de Defensores de Belgrano, más precisamente el 16/5/1981, cuando en el “Juan Pasquale”, el local igualó en dos goles (ambos de Oscar Mas, de tiro penal) con Villa Dalmine.
En la oportunidad, Don Victorio Spinetto ordenó su ingreso a los 30’ del ST, en lugar de Alfonso David Castellanos, aquel recordado mediocampista de fines de los 70 y principios de los 80, que acompañara a Horacio “Banana” Galbán y Néstor Oca. Previamente, en 1980, había integrado el banco de suplentes en dos oportunidades, frente a Los Andes y Sp. Italiano, en ambas, como visitante.
Defensores formó la tarde del debut con Luis Kadijevic; Domingo Ielamo y Pedro Barrios; Claudio Fraga, Alfonso Castellanos y Vicente Giardullo; Jorge García Melado, Néstor Oca, Gerardo Lucero, Norberto Schiapacase y Oscar Mas.
Durante la temporada de 1981, ocupó el banco de suplente varias veces, hasta que en las últimas 5 fechas alcanzó la titularidad, la cual mantuvo durante el torneo siguiente, al reemplazar a Vicente Giardullo, que se encontraba lesionado.


A partir de allí, Lagunas vistió en 200 partidos oficiales (7 temporadas) la casaca roja y negra, transformándose en uno de los 20 jugadores con mayor cantidad de presencias en el primer equipo en toda la Historia de Defensores de Belgrano.
Formó parte de aquel equipo que en 1982, que de la mano de Carlos Pandolfi, estuvo a un paso de clasificar para jugar por el ascenso; de aquel otro que, dirigido por la dupla Jorge Busti – José Leonardi, en 1984, estuvo a un paso de acceder a la categoría superior, y también, del que al año siguiente, fue eliminado en los cuartos de final del Reducido, en el último minuto, por San Miguel, en la cancha de Atlanta.
Respecto de estos dos últimos conjuntos, recuerda afectuosamente al Profesor Miguel Angel Micó (formó parte del cuerpo técnico en 1984), así como también realza, del equipo de 1985, la figura del “Toro” Rafael Zuviría, como líder del grupo humano y excelente persona. 



Recuerda de manera especial como “el partido”, vistiendo la casaca de Defensores, al empate frente a Gimnasia LP, en el Monumental, por las semifinales del Reducido de 1984, por el ascenso. Defensores, con un hombre menos por la temprana expulsión de Oscar Ledesma, perdiendo 2 a 0 muy cerca del final, logró el empate sobre la hora, con un gol de penal de Heriberto Correa y otro de Angel Ronci, que nos hizo estremecer como pocas veces.  Igualmente, para él es inolvidable aquel 5 a 5, en Caseros, el 27/9/1986, tras ir en desventaja frente  al local por 5 a 1, y que de haber proseguido el partido unos minutos más, Defensores seguramente lo ganaba.
Se despidió de Defensores como futbolista en la última fecha de la temporada 1986/87, más precisamente el 18/4/1987, en Gerli, enfrentando al local, El Porvenir, en lo que fue empate también en dos goles (ambos de Claudio Lepera para Defensores).
Esa tarde, el equipo de Núñez, dirigido por Luis Soler, alistó a Héctor Cannataro; Pablo Centrone y Carlos Schneider; Ricardo Gándaras, Sergio Carosino y Eduardo Lagunas; Jorge Rossi, Rubén Fernando Sánchez, Hugo Cantero, Claudio Lepera y Alejandro Boratto. Fue cedido a préstamo la temporada siguiente a Quilmes y luego quedó en libertad de acción, al no enviársele el correspondiente telegrama de renovación de contrato.
Lagunas se desempeñaba como segundo marcador central, era fuerte en la marca, con buen juego aéreo en ambas áreas y algunos goles en su haber. Usó la emblemática casaca Nº 6 de Defensores, aquella que vistieron previamente Rodolfo Chiti y Vicente Giardullo, quienes junto a él jugaron cerca de 1.000 encuentros oficiales entre 1952 y 1987 (o sea 35 años).


Hace mención de varios Directores Técnicos en su paso por Defensores, destacando entre ellos a Luis Soler, como uno que le enseñó mucho desde el punto de vista profesional. También destaca a Carlos Pandolfi y a Jorge Busti, que lo dirigieron en dos buenas campañas en 1982 y 1984-85, respectivamente. Como era de esperar, también tiene un lugar entre sus afectos para Don Victorio Spinetto, quien lo hizo debutar en Primera y de quien reconoce sus dotes de “Maestro”.
Tras su paso por Defensores, defendió los colores de Quilmes (1987/88), Tigre (1988/89) y Deportivo Morón (1989/91, logró el ascenso a la Primera “B” Metropolitana) y Talleres de Escalada (1991/95). 
Con el tiempo regresó a Defensores, ya como DT, en compañía de Jorge Busti, para dirigir a un Defensores que cumplió una brillante campaña en el torneo de Primera “B” Metropolitana 2005/06, que no culminó con el ascenso, de manera inexplicable. La temporada siguiente, los resultados no lo acompañaron, y dejó el equipo que dirigía junto a Pedro Barrios, que pasó a ser dirigido por Guillermo Aldaz.

 Terminada la charla, nos despedimos de Eduardo Lagunas, caminando por las mismas calles que nos vieron transitar varias décadas atrás, y donde transcurrió nuestra juventud. Como siempre, nos vamos con la esperanza que recuerde que Defensores no se olvida de quienes defendieron sus colores, así como que no olvide esos colores, que lo vieron nacer como futbolista.