miércoles, 29 de abril de 2026

Recordando a Oscar Tomás Mas

Oscar Mas a los 33 años debutó en Defensores.
Por la fecha 1 de la Primera B de 1980:
Defensores 2 - Deportivo Español 1. 

 Cuando lo conocí, hace 20 años, estaba en una esquina allá por el pueblo de San Martín. Un mediodía de mayo, tibio. En la expresión, todavía descaradamente candorosa, estaban los 17 años. Me confesó que era la primera nota, la primera vez que se enfrentaba a un periodista y un fotógrafo, así, con esa expresa exclusividad. Me confesó que vivía por allí cerca, que la madre estaba muy enferma y, por eso, no podíamos charlar en la casa. Entonces, comenzamos a andar, ya metidos los dos en ese juego del reportaje, en mi primer pregunta vaga que procura establecer la familiaridad. El Pinino, con las dos manos metidas en la cintura del pantalón, intenta ahuyentar su embarazo pateando distraídamente todas las piedritas que encontraba al paso... Tiempos del sesenta y cuatro, avalancha “beatle” en el mundo, en la pinta del Pinino ya influido por vestimenta irreverente y el pelo a lo John Lennon. ¿Qué era el Pinino, entonces? El pibe del barrio, el hijo de todos, menos de la propietaria de la casa lindera, que me reprochó, con una irritación descontrolada, que cómo era posible que el periodismo se fijase en ese atorrante que le destrozaba el jardín con la pelota y no en el hijo de ella que, a pesar de su título de contador público, era un ilustre desconocido y apenas si ganaba un mísero salario... Recuerdo que el Pinino, apoyado displicentemente contra la cerca del disgusto, se sonreía con malicia de los reproches de la vecina. ¡Veinte años de aquella escena, de aquel mediodía de mayo, apenas dos semanas después de la aparición del Pinino Mas en la historia del fútbol argentino...! Tal vez la vecina, en su burguesa y particular manera de administrar la vida, no reparaba que nadie pagaría entrada ni siquiera se asomaría para ver a su hijo en la confección de un árido estado de ganancias y pérdidas o de una declaración patrimonial, aunque fuese del mismísimo Martínez de Hoz... A la buena señora le costaba entender que ese chiquilín que vivía al lado de su casa era ya el pequeño protagonista de un gran espectáculo popular que convocaba multitudes, que preocupaba a los gobernantes, que movía millones de dólares, que monopolizaba las páginas de los diarios, de las revistas, la radio, la televisión, que hasta podía fortalecer dictaduras.

Ahora, a 20 años de aquel tibio mediodía de mayo, paso revista a mi archivo privado, al mío, al de mis evocaciones, de mis recuerdos, de mis conclusiones, de mis emociones... y, entonces, admito que Pinino Mas ya está registrado en la gran historia del fútbol nuestro. Porque no fue solamente el jugador propietario de todos los rótulos más estridentes referidos al goleador, al ganador, al pique, al disparo, a la potencia... Oscar Mas fue lo que desde hace tiempo se ha dado en llamar un showman, un hombre del espectáculo. Nació con la alegría del fútbol, con la vocación natural del actor, de ese mago de las ferias ambulantes, de ese prestidigitador que suele jugar con el asombro de la platea... El Pinino nunca pudo encuadrarse en la cárcel de las instrucciones, de los planes, de los esquemas... Apenas si conoció la única jaula de la raya; apenas si padeció las reglamentadas limitaciones que establece esa inmutable raya blanca que clausura el lateral, esa marca con más rigidez que el mejor de los marcadores. Pero, con su pique demoledor, con su esencia pájara agreste, con ese inconfundible recurso de tirar la pelota hacia adelante y apretar el acelerador, ya inauguraba la Fiesta de Pinino, la fiesta de todos, invitaba a la tribuna a participar de su alegría, la convocaba a acompañarlo en el pique, a seguir junto a él en su vértigo, gozando de la angustiosa incertidumbre del epílogo siempre imprevisible, pero fatalmente inexorable... Ese final de la zurda que, en plena carrera, sacude despavoridamente los palos, un arquero atónito se resigna a admitir la victoria de las bisectrices, de los apotemas, de los ángulos frente a ese talentoso y ocurriente amante del instinto que se burla de la ortodoxia de los clásicos y de los modernos...

Así jugó el Pinino, así vivió. Siempre chiquilín, siempre informal, tal vez despreocupadamente irresponsable para los sensatos. Para mí, siempre inseguro, incapaz de elaborar intrigas, desamparado para los más pícaros, para los más “intelectuales”. Ema, la novia de Barracas que un domingo se encontró en la platea de River, fue decisiva en su vida, tal vez porque Ema pudo comprender esa esencia de chiquilín desprotegido, esa necesidad de Pinino de refugiarse en la carcajada ruidosa, en la ocurrencia que divierte a los demás; esas pintorescas pantomimas del avión, que tanto compartí, cuando el Pinino andaba a las carreras por el pasillo, con el terror reflejado en la expresión y en el gesto, ante la desesperación de las azafatas... Aquella noche que, al amparo de las sombras del Monumental —después de la derrota frente a Estudiantes por la Libertadores— buscaba mi solidaridad frente a las acusaciones, a los reproches, a los silbidos, a las amenazas, a los insultos... Cuando lo encontré en Madrid, ya jugador del Real y preferido de la gente, amparado en el efecto del feudalismo Don Santiago Bernabéu, náufrago de las calles madrileñas, siempre equivocado en el rumbo, compitiendo inútilmente con el alemán ininteligible de aquel Netzer de celebridad internacional.

Y allá, en los calores agobiantes de la Bahía brasileña, durante la Minicopa, viajando en esos aviones colectivos que él “paraban en todas las esquinas”, como decía el Pinino muerto de miedo. Pero supo mantenerse puro, no permitió que le violentaran el candor, que le lastimasen la ingenuidad. Tal vez no pudo o no supo “llevar” por la vida sin ofrecerle ninguna resistencia intelectual, por no discutirle ninguna de sus inapelables decisiones... ¿Para qué? Seguramente, para la desprevenida ingenuidad del Pinino, los veredictos de la Vida son incuestionables. Y así siguió de la mano con ella, como uno de sus preferidos y desamparados caminantes. Sin los refinados y ortodoxos recursos galantes del Don Juan de oficio... Por eso, cuando River decidió declararlo prescindible, no advirtió ni siquiera la cuota de crueldad que encerraba la palabra... Por eso, quiso seguir y se fue a Colombia a gritar sus goles... Regresó y quiso seguir jugando... ¿Acaso sabía hacer otra cosa? Nada más que jugar, divertir, alegrar, picar por la raya, pegarle con todas sus ganas al gol, gritar, gritar con toda la fuerza de esa carcajada final del salto... primer actor indiscutible de la fiesta, de su fiesta, de la fiesta de todos... ¿Qué importaba que la fiesta era en las canchas más anónimas de la B...? ¿Acaso la emoción no era la misma, acaso el grito de la gente, su grito, no era el mismo?

Después de tanto andar por el fútbol, supo que allá por Gerli, allá por el Sur, junto a las vías del Roca, había una canchita humilde. Es nueva, pero de un club muy antiguo, con mucha historia... como aquellos que vestían esa misma casaca a rayas blancas y negras: La Chancha Seone, y algunos otros célebres que después se cambiaron por la roja de Independiente... Y la fiesta infantil del Pinino sigue en El Porvenir, al menos por un rato más, por un poco más, hasta que la gente grite, hasta que el pibe se divierta, hasta que se divierta la gente, hasta el próximo gol, siempre lejos del último, no, hasta el último, que para el candor de Oscar La Vida sigue, sigue el gol, sigue el pique, sigue la cabriola, la carcajada, ese vicio de arrodillarse ante la tribuna para recibir el aplauso, para canjear la emoción, para que ese momento no muera nunca, para que quede prisionero de un grito, de una alegría... Como aquella del modesto Mariano Moreno (Junín) siendo otra vez verdugo de Hugo Gatti.

Hace 20 años de aquel mediodía tibio de aquel mayo, cuando lo vi por primera vez en la esquina, pibe. ¿Cuántos años, Pinino? Treinta y tantos largos, muy largos... No importa, Mono, el candor no envejece, los que se mantienen puros son siempre pibes. Son amigos de La Vida, por eso le ganan al almanaque que pretende encarcelarlo todo en la precisión matemática del Tiempo. Como el hijo de aquella señora, aquel de los estados de ganancias y pérdidas, que seguramente creía en la inviolable precisión de los números... El candor no cumple años, se conserva pibe. Por eso el Pinino sigue jugando...  

Osvaldo Ardizzone para la Voz del ascenso.

Pinino jugó 58 partidos en 2 temporadas.

LOS 40 GOLES PARA DEFE

5 goles a Español
4 goles a: 
Argentino de Quilmes
Estudiantes BA
Temperley
3 goles a Talleres RE
2 goles a:
All Boys
Almagro
Atlanta
Banfield
El Porvenir
Gimnasia LP
Nueva Chicago
Villa Dálmine
1 gol a:
Arsenal
Italiano
Los Andes
Quilmes

18 goles fueron de penal
6 de tiro libre
5 de cabeza
11 de jugada

En cada temporada alcanzó los 20 goles.
Los arquero que más lo sufrieron en su paso por Defe fueron: 
Héctor Cassé y Héctor Giorgetti con 4 goles para cada uno.


¿Hasta cuándo Oscar Mas? Seguramente hasta que te lo propongas. Hasta que quieras. Si vos le das formas al gol. Vos vas a “dictar” hasta cuándo.
Pinino y te imagino en el vestuario, previo al partido. El de hoy en “Defe”. Ayer en River. En la selección. O cualquier otro que hayan habitado, esperando. Te veo cambiándote y sentado a tu lado veo al gol, impaciente. Esperando el momento que debés salir para meterse en tu piel.
Claro, te eligió siempre a vos. Es tan sencillo el porqué. Él sabe que siempre lo vas a hacer aparecer. Lo vas a convertir en figura. Le permitirás irrumpir en cualquier ocasión. Tal vez varias veces. Y el gol no es “gil”. Elige a quien le es fiel para no separarse más.
Es inevitable después del partido acercarse a vos, y preguntarte, charlar.
Quizás porque es conocida tu sinceridad, tu don de gente. Y me acerco. Y disfruto.
—Oscar. ¿Hasta cuándo la costumbre del gol? En el partido con Nueva Chicago el gol del triunfo, con Arsenal también y excelente, aparte de los que ya estaban.
—Y, hasta que pueda o me dejen. Contra Chicago quedé solo y no tuve nada más que colocarla. ¿Pensás que fácil Oscar colocarla, claro, fácil para vos? En cambio el gol contra Arsenal fue impresionante, creo que nunca hice uno igual, porque había como treinta y cinco metros. Pero te anticipo que en ambos casos lo importante es que “Defe” ganó, y si esta gente está contenta por mí, yo también estoy contento.
—Cuando la gente grita. ¿No pensás que los que lo hacen a favor exageran y los que lo hacen en contra a veces son demasiado hirientes?
—Hace tanto que estoy en esto. ¿Pensás que puede haber algo nuevo para mí? ¿Qué puedo encontrar algo que no supiera o no haya escuchado? Lo único nuevo es cada gol que convierto. No si son exagerados o hirientes. Yo hago lo que sé. Además el fútbol es mi vida. Y el gol es la parte más emocionante del fútbol.
Coincidimos totalmente. Es lo más emocionante del juego. El fútbol logra un alto grado emotivo en el gol. Es el éxtasis. Y allí aparece “Pinino”, uno de los ilustres “culpables” de que el gol exista.
—¿Renato Cesarini no se clasificó para el Nacional pero hubiera sido lindo estar al lado de Daniel Onega. Y a Mas se le iluminaron los ojos. Se debe haber vuelto de espaldas y seguramente se vio años atrás. Onega y Mas. Cuánto fútbol. Cuántos goles. Cuántas historias. ¿Qué futuro? ¿Por qué no otra vez, eh, Oscar?
—Y, te imaginás. Lástima que no lograron, la verdad, sería lindo. Pero tanto en esto como en lo de Platense no se nada concreto. Además te aclaro que yo en Defensores estoy bien y me costaría irme.
—Tanto en el partido con Almirante Brown, como con Arsenal fallaste en la ejecución de penales; aunque luego directamente por vos, o por jugada tuya llegó el gol del triunfo. ¿Está tan bien equilibrado el gol en vos, que si se niega por un camino aparece por otro?
—Puede ser. Contra Brown pateé el penal en forma débil. En cambio contra Arsenal llegué bien parado y no hay excusas. Pero después compensé. Y eso es lo bueno, seguro que se va a presentar otra oportunidad, y hay que saber aprovecharla. Y eso me pasó, por suerte.
Y se fue rápido. Dejó una sonrisa y una disculpa. Atrás quedó el barro de la cancha de Arsenal. El cansancio y la charla deferente para con nosotros.
Se apuraba porque había salido sorteado para el control antidoping.
No caben dudas. El “Pinino” Mas puede y pudo haber existido en cualquier época. En la de antidoping y los cronómetros electrónicos. O en la de los pantalones por las rodillas y los tapones de suela.
Total él hubiera hecho goles y listo.
Oscar, mira que tenés eximios antecesores. Y seguramente otros eximios vendrán. Pero aunque por vos no haya nacido el gol, le diste mil formas. Tantos colores. Tantos gritos distintos. No lo hiciste nacer. Pero sos el gran “culpable” de que goce de muy buena salud.

1981 En la portada de la Voz del ascenso junto a Néstor Oca.

Durante los 2 años de Oscar Mas en el club tuvo de entrenador a Don Victorio Spinetto que para 1981 hizó una campaña de mitad de tabla para abajo, siendo su ausencia en la segunda ronda de aquel año la que se hizo sentir ya con más joevenes elementos a diferencia del equipo de experimentados de 1980. 

Auspicioso debút en marzo de 1980

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