viernes, 5 de junio de 2026
Defensoristas en los Mundiales (2da parte)
jueves, 4 de junio de 2026
Defensoristas en los Mundiales (Parte 1)
Ernesto Antonio Belis quedó grabado para siempre en las páginas de la historia de la Selección Argentina y de la Copa del Mundo tras su participación en el Mundial de Italia 1934. En aquella edición, marcada a fuego por el contexto geopolítico de la época, el conjunto albiceleste tuvo que asistir con un plantel compuesto enteramente por futbolistas de la Asociación Amateur. Belis, quien se desempeñaba como jugador de Defensores, formó parte de esa delegación que emprendió una silenciosa y extensa travesía marítima a bordo del buque "Neptunia". La organización del certamen dispuso un formato de eliminación directa desde la primera fase, y el sorteo determinó que el debut de la Argentina fuera en el estadio Littorale de Bologna frente al seleccionado de Suecia. A pesar de la disparidad, el equipo saltó a la cancha con un enorme amor propio. Fue en el arranque de ese encuentro a los 4 minutos cuando Ernesto Antonio Belis se vistió de héroe al convertir el gol que puso el 1 a 0 parcial. Aquel grito no solo fue el primero para Argentina en ese partido, sino que se convirtió de manera oficial en el primer gol de todo el certamen mundialista. Alberto Galateo volvería a poner en ventaja al equipo, los suecos se llevaron la victoria por 3 a 2 a diez minutos del cierre. A pesar de la amarga eliminación en el debut, el nivel mostrado por Belis en la cancha no pasó desapercibido en el Viejo Continente. Con posterioridad al mundial, una prestigiosa revista italiana lo eligió como el cuarto mejor jugador del mundo en su puesto de zaguero por la izquierda. En esa consideración, el negro Belis quedó ubicado en el selecto lote de la elite defensiva, siendo únicamente superado por el español Jacinto Quincoces, el italiano Luigi Allemandi y el austriaco Karl Sesta.
¿Qué señalo la prensa de la actuación del back defensorista?
A los cuatro minutos de juego y ante la sorpresa general, Belis que se había adelantado con la pelota, ejecuta un fuerte shot que se convierte en goal. El público una vez que se repuso de la forma como había sido obtenido el tanto lo aplaudió largamente. El juego adquirió caracteres de movilidad, pero tres minutos después se produjo el empate. Jonasson se sirve por el medio del field y hace un oportuno y medido pase a Gustafsson, quien adelantándose breve trecho con un shot rasante consigue vencer a Freschi. A renglón seguido tras de este tanto, los Argentinos se colocaron resueltamente en la ofensiva, dejando a la defensa sueca apelar a todos los recursos. Y así en una sucesión de jugadas movidas e interesantes, vino el final del primer tiempo con una división de honores, pero, a los veinte minutos se produjo la igualación en las cifras del score. Keller desde lejos tira al arco rechazando a duras penas Belis la pelota queda estacionada frente a la valla Argentina, produciéndose un entrevero del que saca provecho Jonasson con un shot recio, conquistando el tanto de empate. Luego de desanimarse los Argentinos atacan a fondo, obligando a los rivales a replegarse. Devincenzi primero, Galateo y finalmente Wilde ensayan violentos shots, algunos desviados y otros detenidos en gran estilo. A medida que transcurren los minutos aumenta el dominio de los argentinos y la defensa consigue en su tendencia a adelantarse.
sábado, 23 de mayo de 2026
120 Años de pasión
martes, 19 de mayo de 2026
Selección ARGENTINA vs. DEFENSORES de Belgrano
El 9 de enero de 1946, apenas una semana después de haber disputado la fecha 42 del campeonato de Primera B de 1945, Defensores de Belgrano protagonizó una de las jornadas más singulares de su historia al enfrentar en un amistoso al seleccionado argentino en la cancha de River Plate. Defensores acababa de finalizar una extensa y desgastante temporada en la 18.ª posición entre 21 participantes, por lo que sus futbolistas llegaban con ritmo de competencia. Aún sin participar en Copas Mundiales debido a las consecuencias que dejó la Segunda Guerra Mundial, la Argentina de aquellos años poseía uno de los ataques más temidos del continente, con figuras como René Pontoni, Norberto "Tucho" Méndez, Mario Boyé y los riverplatenses Félix Loustau, Ángel Labruna y Adolfo Pedernera.
Brillante espectáculo dio el equipo argentino en River Plate
Volvió a practicar en público, anoche, el equipo argentino de fútbol, utilizando para ello la cancha de River Plate y como adversario al equipo de Defensores de Belgrano. El espectáculo brindado alcanzó contornos brillantísimos, que demostraron el alto grado de preparación alcanzado por los jugadores y la homogeneidad del conjunto.
Seleccionado Argentino: Claudio Vacca; José Salomón y Norberto Sobrero; Carlos Sosa, Ángel Perruca y Natalio Pescia; Mario Boyé, Norberto Méndez, René Pontoni, Rinaldo Martino y Félix Loustau. Entrenador: Guillermo Stábile.
Defensores de Belgrano: Héctor Abalos; Oscar Pesqueira y Francisco Espiñeira; Roberto Peluffo, Carmelo Terranova y Antonio Alonso; Luis Paolini, Pedro Leonardo Pérez, Carlos Cantamessi, Raúl Roque Di Marco y Antonio Carusso.
Tan sólo dos minutos de juego se llevaban, cuando el seleccionado abrió el score por intermedio de Pontoni, cuya brillante jugada se repitió a los 22 minutos obteniéndose el segundo tanto. Antes de finalizar el período Juan Carlos Strémbel reemplazó a Perruca, quien se lesionó ligeramente, y en la segunda etapa entraron Adolfo Pedernera y Ángel Labruna, por René Pontoni y Martino. Los dos delanteros de River en otras tantas intervenciones brillantes propiciaron el aumento del score, correspondiéndole en ambas el remate final a Labruna. El único tanto de Defensores lo señaló Raúl Di Marco, a los 37 minutos.
Excelente impresión
Claro está que el resultado del partido interesaba poco. El público, calculado en 4000 personas y que dejó una recaudación de 1.488 pesos, gustó la excelente exhibición del combinado argentino, cuyas líneas en general llamaron justamente la atención por el ajuste perfecto de que hicieron gala. Nuevamente ocurrió que los dos ejes delanteros se comportaron con igual lucimiento, al punto que subsiste la duda sobre a cuál de ellos se confiará la responsabilidad de ser titular.
miércoles, 29 de abril de 2026
Recordando a Oscar Tomás Mas
Cuando lo conocí, hace 20 años, estaba en una esquina allá por el pueblo de San Martín. Un mediodía de mayo, tibio. En la expresión, todavía descaradamente candorosa, estaban los 17 años. Me confesó que era la primera nota, la primera vez que se enfrentaba a un periodista y un fotógrafo, así, con esa expresa exclusividad. Me confesó que vivía por allí cerca, que la madre estaba muy enferma y, por eso, no podíamos charlar en la casa. Entonces, comenzamos a andar, ya metidos los dos en ese juego del reportaje, en mi primer pregunta vaga que procura establecer la familiaridad. El Pinino, con las dos manos metidas en la cintura del pantalón, intenta ahuyentar su embarazo pateando distraídamente todas las piedritas que encontraba al paso... Tiempos del sesenta y cuatro, avalancha “beatle” en el mundo, en la pinta del Pinino ya influido por vestimenta irreverente y el pelo a lo John Lennon. ¿Qué era el Pinino, entonces? El pibe del barrio, el hijo de todos, menos de la propietaria de la casa lindera, que me reprochó, con una irritación descontrolada, que cómo era posible que el periodismo se fijase en ese atorrante que le destrozaba el jardín con la pelota y no en el hijo de ella que, a pesar de su título de contador público, era un ilustre desconocido y apenas si ganaba un mísero salario... Recuerdo que el Pinino, apoyado displicentemente contra la cerca del disgusto, se sonreía con malicia de los reproches de la vecina. ¡Veinte años de aquella escena, de aquel mediodía de mayo, apenas dos semanas después de la aparición del Pinino Mas en la historia del fútbol argentino...! Tal vez la vecina, en su burguesa y particular manera de administrar la vida, no reparaba que nadie pagaría entrada ni siquiera se asomaría para ver a su hijo en la confección de un árido estado de ganancias y pérdidas o de una declaración patrimonial, aunque fuese del mismísimo Martínez de Hoz... A la buena señora le costaba entender que ese chiquilín que vivía al lado de su casa era ya el pequeño protagonista de un gran espectáculo popular que convocaba multitudes, que preocupaba a los gobernantes, que movía millones de dólares, que monopolizaba las páginas de los diarios, de las revistas, la radio, la televisión, que hasta podía fortalecer dictaduras.
Ahora, a 20 años de aquel tibio mediodía de mayo, paso revista a mi archivo privado, al mío, al de mis evocaciones, de mis recuerdos, de mis conclusiones, de mis emociones... y, entonces, admito que Pinino Mas ya está registrado en la gran historia del fútbol nuestro. Porque no fue solamente el jugador propietario de todos los rótulos más estridentes referidos al goleador, al ganador, al pique, al disparo, a la potencia... Oscar Mas fue lo que desde hace tiempo se ha dado en llamar un showman, un hombre del espectáculo. Nació con la alegría del fútbol, con la vocación natural del actor, de ese mago de las ferias ambulantes, de ese prestidigitador que suele jugar con el asombro de la platea... El Pinino nunca pudo encuadrarse en la cárcel de las instrucciones, de los planes, de los esquemas... Apenas si conoció la única jaula de la raya; apenas si padeció las reglamentadas limitaciones que establece esa inmutable raya blanca que clausura el lateral, esa marca con más rigidez que el mejor de los marcadores. Pero, con su pique demoledor, con su esencia pájara agreste, con ese inconfundible recurso de tirar la pelota hacia adelante y apretar el acelerador, ya inauguraba la Fiesta de Pinino, la fiesta de todos, invitaba a la tribuna a participar de su alegría, la convocaba a acompañarlo en el pique, a seguir junto a él en su vértigo, gozando de la angustiosa incertidumbre del epílogo siempre imprevisible, pero fatalmente inexorable... Ese final de la zurda que, en plena carrera, sacude despavoridamente los palos, un arquero atónito se resigna a admitir la victoria de las bisectrices, de los apotemas, de los ángulos frente a ese talentoso y ocurriente amante del instinto que se burla de la ortodoxia de los clásicos y de los modernos...
Así jugó el Pinino, así vivió. Siempre chiquilín, siempre informal, tal vez despreocupadamente irresponsable para los sensatos. Para mí, siempre inseguro, incapaz de elaborar intrigas, desamparado para los más pícaros, para los más “intelectuales”. Ema, la novia de Barracas que un domingo se encontró en la platea de River, fue decisiva en su vida, tal vez porque Ema pudo comprender esa esencia de chiquilín desprotegido, esa necesidad de Pinino de refugiarse en la carcajada ruidosa, en la ocurrencia que divierte a los demás; esas pintorescas pantomimas del avión, que tanto compartí, cuando el Pinino andaba a las carreras por el pasillo, con el terror reflejado en la expresión y en el gesto, ante la desesperación de las azafatas... Aquella noche que, al amparo de las sombras del Monumental —después de la derrota frente a Estudiantes por la Libertadores— buscaba mi solidaridad frente a las acusaciones, a los reproches, a los silbidos, a las amenazas, a los insultos... Cuando lo encontré en Madrid, ya jugador del Real y preferido de la gente, amparado en el efecto del feudalismo Don Santiago Bernabéu, náufrago de las calles madrileñas, siempre equivocado en el rumbo, compitiendo inútilmente con el alemán ininteligible de aquel Netzer de celebridad internacional.
Y allá, en los calores agobiantes de la Bahía brasileña, durante la Minicopa, viajando en esos aviones colectivos que él “paraban en todas las esquinas”, como decía el Pinino muerto de miedo. Pero supo mantenerse puro, no permitió que le violentaran el candor, que le lastimasen la ingenuidad. Tal vez no pudo o no supo “llevar” por la vida sin ofrecerle ninguna resistencia intelectual, por no discutirle ninguna de sus inapelables decisiones... ¿Para qué? Seguramente, para la desprevenida ingenuidad del Pinino, los veredictos de la Vida son incuestionables. Y así siguió de la mano con ella, como uno de sus preferidos y desamparados caminantes. Sin los refinados y ortodoxos recursos galantes del Don Juan de oficio... Por eso, cuando River decidió declararlo prescindible, no advirtió ni siquiera la cuota de crueldad que encerraba la palabra... Por eso, quiso seguir y se fue a Colombia a gritar sus goles... Regresó y quiso seguir jugando... ¿Acaso sabía hacer otra cosa? Nada más que jugar, divertir, alegrar, picar por la raya, pegarle con todas sus ganas al gol, gritar, gritar con toda la fuerza de esa carcajada final del salto... primer actor indiscutible de la fiesta, de su fiesta, de la fiesta de todos... ¿Qué importaba que la fiesta era en las canchas más anónimas de la B...? ¿Acaso la emoción no era la misma, acaso el grito de la gente, su grito, no era el mismo?
Después de tanto andar por el fútbol, supo que allá por Gerli, allá por el Sur, junto a las vías del Roca, había una canchita humilde. Es nueva, pero de un club muy antiguo, con mucha historia... como aquellos que vestían esa misma casaca a rayas blancas y negras: La Chancha Seone, y algunos otros célebres que después se cambiaron por la roja de Independiente... Y la fiesta infantil del Pinino sigue en El Porvenir, al menos por un rato más, por un poco más, hasta que la gente grite, hasta que el pibe se divierta, hasta que se divierta la gente, hasta el próximo gol, siempre lejos del último, no, hasta el último, que para el candor de Oscar La Vida sigue, sigue el gol, sigue el pique, sigue la cabriola, la carcajada, ese vicio de arrodillarse ante la tribuna para recibir el aplauso, para canjear la emoción, para que ese momento no muera nunca, para que quede prisionero de un grito, de una alegría... Como aquella del modesto Mariano Moreno (Junín) siendo otra vez verdugo de Hugo Gatti.
Hace 20 años de aquel mediodía tibio de aquel mayo, cuando lo vi por primera vez en la esquina, pibe. ¿Cuántos años, Pinino? Treinta y tantos largos, muy largos... No importa, Mono, el candor no envejece, los que se mantienen puros son siempre pibes. Son amigos de La Vida, por eso le ganan al almanaque que pretende encarcelarlo todo en la precisión matemática del Tiempo. Como el hijo de aquella señora, aquel de los estados de ganancias y pérdidas, que seguramente creía en la inviolable precisión de los números... El candor no cumple años, se conserva pibe. Por eso el Pinino sigue jugando...
Osvaldo Ardizzone para la Voz del ascenso.
lunes, 27 de abril de 2026
Recordando a José Arce Gómez
"Nací el 31 de mayo de 1919 en la ciudad de Santander (España) a orillas del mar Cantábrico, desde niño practiqué fútbol siempre de N° 8 y jugué en Unión Cantabria, Santoña y Villarreal. Luego dirigí a las juveniles de Racing de Santander".
—¿A qué grandes jugadores del fútbol español conoció?
—Vi muchos y muy buenos, entre los mejores le puedo nombrar a Zarra, Kubala, Gainza, el dinámico Zamora y también Germán y Aparicio del Santander que también llegaron a la selección.
—¿Qué motivos lo impulsaron a venir a la Argentina?
—En 1950 decidí cruzar el océano para conocer otras tierras e instalarme en la Argentina ya que aquí tenía algunos parientes, mi intención fue quedarme 2 años y aquí me ve, hace 31 que estoy en esta hermosa tierra.
—¿Realizó algún curso para trabajar como técnico?
—Sí, lo hice con don Guillermo Stábile, que era el profesor de AFA, pero su fallecimiento, el curso no se dictó por un tiempo, igualmente la Asociación me otorgó la correspondiente credencial habilitante para poder trabajar sin inconveniente alguno.
—¿En qué club comienza a trabajar en nuestro medio?
—Allá por 1951 me incorporo a Defensores de Belgrano para dirigir a las inferiores y estuve hasta 1977, en que pasé a Deportivo Armenio.
—¿Tengo entendido que muchos jugadores que actualmente se desempeñan en primera pasaron por sus divisiones?
—Sí, hay unos cuantos: Luis Landaburu, René Houseman, Horacio Galbán, Néstor Oca, los hermanos Gómez de Armas, Vicente Giardullo, Omar Imaz, Alfredo Anhielo, Jorge Dubanced, Roberto Gianetti, Schiappacasse, Juan Carlos Prycodko, Jorge Domínguez, Navarro, y también algunos que ya dejaron la práctica activa como Juan Carlos Marenda, Ernesto Camino, Juan Carlos Sambucetti y varios más que ahora se me escapan de la mente.
—¿En todos esos años alcanzó a dirigir a la Primera?
—En la mayoría de los clubes ocurre siempre lo mismo, cuando a un técnico lo echan o renuncia, al primero que recurren es al que conduce las divisiones inferiores, de esa manera estuve varias veces al frente del primer equipo por poco tiempo ya que a mi, siempre me gustó trabajar con los de abajo.
—¿A qué técnicos recuerda que hayan estado en primera división?
—Hubo muchos pero los que más recuerdo son Ángel Labruna, Rodolfo Chiti y Antonio Villamor.
—¿Qué recuerdos le dejó el fútbol?
—El fútbol es todo para mi. dejo hasta el trabajo por ir a practicar y en todos estos años tuve muchas alegrias y algunas tristezas, como aquel descenso en la cancha de Temperley.
Lo dejamos a "Chele" (apodo que trajo de España) con sus chicos y pensamos en todos los hombres que como él, le hacen muy bien a nuestro fútbol tan alicaido. (Fragmento de 1981 de La Voz del ascenso).
miércoles, 8 de abril de 2026
Recordando a Delfín Edmundo Benítez Cáceres
Delfín Benítez fue un futbolista argentino cuya trayectoria encarna el espíritu del ascenso: perseverancia, capacidad goleadora y una profunda conexión con el fútbol de barrio. Nacido el 12 de abril de 1940 en el barrio porteño de Once, su vida estuvo marcada desde temprano por el deporte, en un entorno donde el fútbol era parte esencial.
Su primer contacto con el profesionalismo llegó con apenas 17 años debutó en la primera división de Huracán, una experiencia tan temprana como breve, ya que ese mismo año decidió alejarse momentáneamente del fútbol competitivo. Sin embargo, lejos de tratarse de un final, ese retiro sería apenas una pausa antes de una segunda etapa mucho más extensa y prolífica.
Benítez regresó al fútbol en 1965 con la camiseta de Piraña, en las categorías de ascenso. Allí protagonizó una temporada extraordinaria: convirtió 45 goles en un solo año, una cifra impactante que lo posicionó rápidamente como uno de los delanteros más letales.
Su rendimiento no pasó desapercibido, y fue adquirido por General Mitre, también en la Primera D. Con este equipo alcanzó un nuevo hito: se consagró campeón, logrando el ascenso a la Primera C, y además volvió a terminar como goleador del torneo con 29 tantos. Esta doble consagración consolidó su reputación como artillero confiable.
El salto definitivo llegó en 1967, cuando fue transferido a Ferro Carril Oeste por 300 mil pesos, según registros periodísticos de la época. Así, Benítez pasó directamente a la Primera División, un logro notable considerando su recorrido, en Oeste apenas disputó 2 partido del torneo Nacional.
A partir de entonces, desarrolló una extensa carrera que lo llevó por múltiples instituciones del fútbol argentino y también del exterior. Jugó en Unión de Santa Fe y Almagro.
En 1972 llegó a Defensores de Belgrano donde se coronó campeón de Primera C, reafirmando su capacidad para ser protagonista en equipos competitivos. En su primer torneo vistiendo la casaca roja y negra jugó 12 partido y anotó un gol ante El Porvenir. Ya en Primera B fue parte del equipo en 1973 y 1974. En esa categoría completo 28 partidos y 4 goles.
Su olfato goleador se mantuvo intacto incluso con el paso del tiempo: en 1975 paso a Colegiales, ya con 35 años, fue nuevamente goleador de la Primera C con 28 tantos, en 35 partidos un registro notable para su trayectoria.
También formó parte de otros clubes como Deportivo Riestra y Fénix, donde en 1976 decidió poner punto final a su carrera como jugador profesional. A nivel internacional, tuvo un paso por Rangers de Talca en Chile.
En el plano familiar, el fútbol también era parte de su identidad. Era sobrino de Delfín Benítez Cáceres, destacado delantero paraguayo que dejó su huella en clubes como Boca y Racing en los inicios del profesionalismo. Esta herencia futbolística se proyectó también en la siguiente generación: uno de sus hijos, Claudio Benítez, se desempeñó como árbitro en el ascenso argentino.
Tras su retiro, Benítez continuó ligado al fútbol desde otro rol. Se recibió de director técnico en 1980 y se dedicó intensamente a la formación de juveniles. Trabajó con numerosas divisiones inferiores y logró un título en 1987 al consagrarse campeón con un equipo infantil de AFA. Su labor como formador tuvo un impacto duradero en muchos jóvenes futbolistas.
Dejó una huella profunda como entrenador y educador deportivo. Su compromiso con el desarrollo del fútbol desde las bases fue reconocido de manera especial: el estadio donde hizo de local Yupanqui, ubicado en Savio 80, lleva su nombre como homenaje.
























.jpg)










